Éste es el único lugar donde han quedado plasmadas eternamente las presencias de los más reconocidos personajes y de quienes han sido testigos del transcurrir de las épocas en la vida de nuestro país. Donde Porfirio Díaz permanece rodeado de su familia, conviviendo sólo a pocos metros de un matrimonio emblemático, el de Diego y Frida. También aportan su presencia Benito Juárez y Francisco I. Madero al mismo tiempo que la Catrina posa junto a su creador José Guadalupe Posadas entre las construcciones arquitectónicas que nos ubican en la etapa de la Colonia y repentinamente también nos llevan a la representación de un México moderno.

Es la Alameda Central de la Ciudad de México de Diego Rivera pintada en 1947, que converge entre lo real y lo onírico; hechos y personas retratadas en este lugar que identifica ese tradicional paseo dominical de "las personas decentes”, como se solía decir en la época porfiriana.

Las fuentes vigilan atentas a las personas que por aquí caminan. Los árboles están al pendiente de todo lo que ocurre en ésta su casa. Y cómo no hacerlo si durante más de 300 años han estado aquí, habitando este lugar al cual cuidan con celo. Las estatuas y monumentos, los andadores y las jardineras, permanecen a la expectativa, llenando el entorno con un ambiente nublado, triste y silencioso.

Aquí ha pasado de todo. Comenzando por brindar esparcimiento y recreación a la población, pasando por ser un lugar de pastoreo de caballos y hoguera de la inquisición, hasta convertirse en un atractivo lugar de vida nocturna en el Distrito Federal actual. La Alameda tiene una larga historia para contar, toda una vida dentro de sus bancas, sus arbustos, y los sonidos que a lo largo de siglos han quedado atrapados aquí; voces amorosas, violentas y risueñas, han hecho de este lugar su casa.

En el siglo XVI, cuando el Virrey Luis de Velasco ordenó su creación, originalmente sería una obra destinada a embellecer la vista de la Ciudad de México y que a la vez brindara un lugar en donde los pobladores encontraran libertad y distracción, algo que los sacara de la rutina. La idea parecía buena y el objetivo trazado era ideal, ya que al no haber muchos habitantes, se podría disfrutar muy bien de éste, el primero y más antiguo parque público de la Ciudad de México.


Cuando el Virrey Velasco culminó su mandato, la Alameda, que originalmente sólo conservaba el nombre, ya que no tenía como vegetación principal álamos, decayó, a tal punto que llegó a ser usado como zona de pastoreo de caballos. Quién lo diría, donde ahora se encuentra el monumento a Beethoven, quizá antes sólo había excremento equino.

Con el paso de los años, los arreglos estéticos principales llegaron por parte de la Emperatriz Carlota de Bélgica, esposa del Emperador Maximiliano de Habsburgo, quien mejoró la jardinería del lugar con la siembra de una gran cantidad de rosas y la donación de la fuente de Venus conducida por Céfiros. Un toque femenino, pero, que sin duda realzó la vista del parque, aún más vistoso con la introducción de un sistema de iluminación en 1868, por parte de Benito Juárez.

Las mejoras tuvieron sus repercusiones a nivel internacional con la propuesta del poeta liberal William Cullen Bryant y que tuvo eco en las ideas de los urbanistas, la de “construir un parque público como el alma de la estructura urbana de la ciudad de Nueva York… inspirada en la Alameda de la ciudad de México, precisamente por ser un espacio de uso público. Así es, junto con otros grandes parques del mundo la Alameda inspiró la creación del famoso Central Park de Nueva York.” (Legorreta, Jorge. Bryant: poeta defensor de Juárez y creador del Central Park inspirado en la Alameda. La Jornada, Jueves 7 de octubre de 2004.)

Al cambiar radicalmente, la Alameda pasó de ser sólo un parque de recreación a convertirse en símbolo de la capital mexicana. Faltaba la cereza en el pastel: el Palacio de Bellas Artes y el Hemiciclo a Juárez, obras dispuestas por Porfirio Díaz, quien retomó como objetivo realzar la belleza del lugar.

La Alameda Central ha sido desde su creación un sitio de reunión de todas las clases de la sociedad mexicana por igual, donde se convive en un espacio cubierto por árboles y arrullado por fuentes de personajes mitológicos que miran cambiar las modas e ideas de cada época, desde la intolerancia religiosa, hasta la vertiginosa modernidad de nuestro tiempo.